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El matrimonio confirma la ruptura

Rocío Jurado: «Es verdad, Pedro y yo nos hemos separado»

Después de una prolongada crisis, el matrimonio afronta la separación según ambos han confiado a Interviú. Pedro Carrasco ha abandonado el domicilio familiar y se ha mudado a una casa cercana a la de la estrella, mientras espera que todo se solucione.

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4 de julio de 1989/CAREL PERALTA/Interviú

Tanto la Jurado como Pedro Carrasco se muestran tan cautos como discretos.

Tanto la Jurado como Pedro Carrasco se muestran tan cautos como discretos.

Rocío Jurado sale de la piscina gritando entre risas, «Ay, mi niño, que estoy algo salvaje», lo dice con picardía refiriéndose al escueto bikini que pugna por cubrirla. Enseguida se seca con una toalla que, diligente, le alcanza el fiel Juan, su secretario personal, para secarse antes de ponerse un vestido amarillo.

No lleva «ni una miajita» de pintura y su pelo chorrea agua. Pero está guapa, mucho mejor que hace un mes. Su cara ya no refleja la preocupación que endurecía sus rasgos hace tan sólo treinta días.

—«¿Te bebes una “caipirinha”? A mí es que me encanta. Compro la..., ¿cómo se llama?»

—Cachaza.

—Eso, compro la cachaza en una «delicatessen» y me traigo los limones del Caribe.

Nos sentamos en el espacioso porche que mira a la piscina. En Madrid el termómetro ha sobrepasado los treinta grados, pero en La Moraleja, la urbanización rica del norte de la ciudad, el calor no agobia tanto. Le cuento que una lectora que prefirió guardar el anonimato llamo a Interviú para darnos la nueva dirección de Pedro Carrasco. Rocío se lleva las manos a la cara: «No puede ser, ¿quién pudo haberlo hecho?», dice buscando un Judas domiciliario.

—¿Qué ha pasado, Rocío?

—Es verdad: Pedro y yo nos hemos separado. Pero no sé que hacer. ¡Ay!

Rocío Jurado ha puesto fin a varios años de matrimonio. Pedro Carrasco, el que fuera gran campeón mundial del peso ligero, se ha cambiado de calle. Su domicilio es otro, aunque mantiene una cercana vecindad. Pocas manzanas separan a Pedro de las dos Rocíos: una, la que ha dado el paso acabando con la convivencia; la otra, su hija de doce años.

Rocío ha decidido y se muestra inflexible: «Yo no quiero que Pedro piense que tiene una oportunidad, una puerta abierta»

Para algunos todo se debe al pretendido amor de la cantante con el piloto de Iberia y amigo de la familia, José Antonio Revuelta. Pero ella, Rocío no habla de ese tema. Ni se defiende ni ataca; simplemente calla y se escuda en un rotundo: «Te lo digo de verdad, yo de eso no hablo». Clava sus ojos en un punto lejano y no deja resquicio por donde se pueda entrar: la estrella se ha cerrado. Sin fingimientos, echa una cortina invisible sobre la calurosa tarde y sus nuevos amores. El silencio sólo se rompe por los tres niños de Amador Mohedano, hermano y manager de Rocío, que juegan en la piscina.

La cantante de Chipiona está cansada. Desde hace unos meses, más de seis según deja de entrever, las cosas no marchaban bien. Su matrimonio con Pedro Carrasco arrastraba una crisis y las largas y discontinuas charlas con su marido mostraban, cada vez más, las diferencias entre ellos. El futuro de la familia peligraba y eso, piensa Rocío, es para ella más duro que para el resto de los mortales.

Rocío siempre ha pretendido pasar por este mundo con la seguridad de no haber hecho daño, de no haber lastimado a nadie. Pero ahora, cuando por fin ha tomado la decisión de separarse de Pedro, se siente culpable, pero también inflexible: «Yo no quiero que Pedro piense que tiene una oportunidad, una puerta abierta», y lo dice rotundamente, aunque le cueste decirlo.

En la mesa del porche, Rocío devora con fruición unas sardinas fritas y cuenta anécdotas. En torno a la mesa, su inseparable Juan y Rosa, su cuñada, ríen la gracia de la andaluza de Chipiona. Rocío cuenta que fue invitada a la «bodeguiya» de La Moncloa días después de ser asaltada su casa y cómo, charlando con Carmen Romero, se refirió al hecho: «Felipe González, algo pendiente de la conversación, me interrumpió y preguntó “¿Qué?” “Que sí”, le dije, “que me han robado, pero no te preocupes, presidente, que ya sabemos de donde son los ladrones”. “¿Los han detenido?”, preguntó Felipe. "No", contesté yo, “pero sabemos que son de Lepe porque han roto la puerta para entrar y una ventana para salir”».

Las risas se interrumpen cuando «el abuelo», el padre del boxeador entra en la terraza. «El abuelo» como le llaman todos, se acerca a la mesa con un lento caminar, ayudado por el bastón. Rocío se vuelve para darle la bienvenida con una radiante sonrisa. Pero la culpa y quizás la duda, recorren un momento su semblante. Fue la enfermedad del mayor de los Carrasco lo que retrasó la separación.

Rocío no puede olvidar los tristes ojos de «el abuelo», al filo de la muerte en la UVI de Huelva, cuando se iluminaron al ver al matrimonio unido ni tampoco de cómo las blancas y delgadas manos del enfermo buscaron las de la pareja para unirlas a las suyas.

Rocío no sabe cómo hacer. Quiere hablar y soltarlo todo, pero el pudor le impide hacerlo: «Si es que se van a enterar de todos modos. Cómo no van a saber que Pedro ya no vive aquí».

—Y Rociíto, ¿qué sabe?

—Hombre, tiene doce años y se da cuenta. Y sabe que su padre ya no duerme aquí.

Rocío teme a la prensa, a los comentarios que se harán por la marcha de Pedro. Así que, cada poco, Rocío prefiere cambiar de tema. Se siente acorralada y no ve ninguna luz que la ilumine. Se disculpa con un lacónico «Me duele la cabeza». Se ha fumado dos cigarrillos, aunque con ello rompe la disciplina de no fumar un par de días antes de una actuación. Le da un poco lo mismo que al día siguiente cante en Madrid; a continuación, superada la ansiedad, promete: «No fumar ningún cigarrillo más». Es razonable dudar si tendrá el valor de cumplirlo.

Toda la historia le afecta dolorosamente y sabe que muchos ojos la observan. Rocío hace menos de cuarenta y ocho horas que ha llegado a Madrid después de un agotador mes de promoción y conciertos en Costa Rica, Miami y Caracas. Tiene que soportar la insistencia de los periodistas locales, menos interesados en su nuevo disco y más en las diferencias conyugales. Incluso Amador habla con dureza no sólo de los colegas latinoamericanos; también ha tenido que soportar conferencias desde España a horas más que inoportunas: en varias ocasiones despertaron a Amador a las cinco de la madrugada, quizá porque había tomado la sabia precaución de ordenar, en todos los hoteles donde estuvo la artista, que le desviaran las llamadas telefónicas a Rocío a su habitación.

«Necesito tranquilidad», suplica Rocío que lleva enclaustrada las pocas horas que lleva en España.

Entretanto, la separación se ha consumado, «qué quieres que te diga. Sólo puedo contarte que es verdad». Pero no contenta con la frase busca de una y otra manera las palabras certeras. Ninguna es todo lo buena y definitoria que ella desea. Tiene miedo y es posible que el temor le haga asegurar que está dispuesta a abandonar su carrera: «Es que si es necesario, lo dejo todo. No me importa nada».

—¿Y serías capaz de recluirte como lo hizo la Piquer?

—Sí. Y punto final.

Durante el café está más tranquila. Cuando el tema de la separación no está en el aire, Rocío vuelve a ser la misma que es capaz de emocionarse con su sobrino Salvador Mohedano, de cinco años, cantando una canción.

La pequeña Roció regresa del colegio. Tiene la cara congestionada por el calor y está deseando quitarse la ropa, ponerse un bañador y lanzarse a la piscina. Su madre le pregunta por las notas.

«Me las dan mañana. Tienes que ir con papá al colegio», dice Rociíto. Y desaparece en la casa de donde sale con rapidez para dar un salto y entrar en el agua.

Rocío, está claro, no quiere hablar más del tema. Tampoco puede evitar frases y comentarios: «No quiero hacerle daño a Pedro. No quiero hablar antes de que lo haga él. Tú pon que sí, que es verdad, que te has enterado que Pedro se ha cambiado de casa y que yo te he dicho que sí, que es verdad, que no lo he negado, que nos hemos separado».

Habla con cariño de Pedro y le agradece el detalle de recibir a una periodista de un diario en su propia casa, la de Rocío, por aquello de las suspicacias. Sabe que mientras la cantante no hable lo único que hay son suposiciones. Pero ve acercándose el vendaval y confiesa. «Ayer comenté con mi gente que ibais a venir de Interviú hoy y que os lo contaría todo. Pero no sé qué hacer, jamás me he metido con nadie, nunca he vendido una exclusiva. Y no sé qué hacer. Di eso, que es verdad, que Pedro y yo nos hemos separado».

Pedro Carrasco: «Me gustaría que se solucionara todo»

En estos momentos la incertidumbre también planea sobre el porvenir de la niña Rociíto.

En estos momentos la incertidumbre también planea sobre el porvenir de la niña Rociíto.

El gran ex-campeón mundial de los pesos ligeros llega con británica puntualidad a la cita con Interviú. Pedro Carrasco viste un traje gris de corte impecable. Al parecer, los treinta y tantos grados que soporta la ciudad, no hacen mella en él, aunque asegura que está «esperando el momento de cambiarme de ropa y ponerme el vaquero que siempre llevo en el coche». Con una copa de cerveza en la mano y fumando con tranquilidad, Pedro, trata de minimizar los problemas que han derivado en su separación de Rocío Jurado. Para el boxeador, la crisis es pasajera y si no ocurre como él piensa, dará una conferencia de prensa para anunciar la ruptura: «Mira sí yo sabré que con sólo una llamada telefónica podría pedir muchos millones. Pero nosotros siempre hemos sido honestos y serios. Nuestras relaciones con la prensa han sido muy buenas nunca nos hemos negado y jamás hemos pedido dinero o vendido una exclusiva».

Pero las preocupaciones de Pedro Carrasco no son, exclusivamente, las que competen a su separación. Por la mañana ha estado en el que es ahora el domicilio de Rocío visitando a su padre y lo ha encontrado desmejorado, «tiene dificultades para respirar. Acaba de pasar un infarto y no lo veo bien. En cualquier momento nos pega un susto».

El viernes día 23 Rocío Jurado cantó por la noche en el Palacio de los Deportes de Madrid. Pedro, como no podía ser de otro modo, no faltó a la cita. Y tampoco como siempre, prefirió quedarse detrás del escenario: «Me gusta ir a las galas de Rocío y oírla, pero no soporto verla, me pongo muy nervioso si estoy entre el público. Prefiero emocionarme detrás, sin verla».

Como le ocurre a su mujer, Pedro, teme las consecuencias de hacer pública la separación: «Yo voy a hablar con Interviú, pero creo que este tema no le importa a nadie más que a nosotros. Yo no quiero follones y no me gustan este tipo de cosas».

—¿Es verdad que te has cambiado de casa?

—Es verdad. De momento estamos resolviendo nuestros problemas y problemitas, que los tenemos. Y yo estoy más fuera que dentro.

—¿Es muy dura le separación?

—Sí, para mí es muy dura. Y no solamente por la falta de Rocío y Rociíto, también por mi padre. Pero pienso y espero que todo vaya a buen fin.

—¿Crees que se va a solucionar todo?

—Yo espero que sí. Me gustaría mucho.

Después de esta corta y sustancial declaración acordada con Interviú, Pedro prefiere no seguir hablando del tema. Para él, el silencio es el mejor consejero y nada logra sacarlo de su ensimismamiento. Pretende un respeto que sabe difícil aunque conozca perfectamente la técnica para evitar los golpes.

Pedro Carrasco, que el día que se decidió a abandonar el boxeo lo hizo por la puerta grande, en plan campeón, de sobra sabe que esta vez el combate se librará en las portadas «couché» y que esta charla lo convertirá en favorito de todos los «papparazzi» que se precien, augura un lacónico «No quiero ni imaginar lo que me espera ahora».

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