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«De chica me ponía relleno para aparentar pecho»

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12 de octubre de 1983/JESÚS MARIÑAS/Interviú

Rocío Jurado.

«De chica me ponía relleno para aparentar pecho»

Solo hay una parte de su cuerpo serrano auténticamente tabú. Rocío pega bufidos si alguien pretende retratarle los pies. «Es que tengo los dedos que parecen percebes, mi padre siempre lo decía», reconoce intentando quitar de en medio tan insólitas vergüenzas.

Es la que más cobra. La que más trabaja. La que mejor canta. Emilio Romero certificó que ha superado a históricas y prehistóricas. Una nueva época de lo andaluz. Aunque tiene fama de comerse el mundo, habla con timidez de las dimensiones de su pecho. Tiene la pechuga nacional, y para ella el arte se escribe con mayúscula. Por humana admite y transige las medianías. A los treinta y siete recién cumplidos, con un pie en esas Américas que tanto atraen a los nuestros, habla como al cantar. Sentando cátedra:

—El arte es sentimiento. Cuando dejas en casa el sentimiento, el arte se hace oficio. Hay que sentir para transmitir. Qué sería del arte si no fuera por el riesgo y la emoción. Cada noche hay que salir con el ay en la boca. Yo no podría estremecerme con la Caballé si ella no se entregase. Hay noches en que me reprochan estar dos horas en escena cuando el contrato sólo me exige cuarenta y cinco minutos. ¿Cronometrar el arte? Para nada. No puedo. Llego a la gente porque canto para mí y para ellos. Yo disfruto seduciendo al público, lo que viene a ser un arte dentro del arte. Así vengo haciendo hace veinte años, desde que empecé. Y es la primera vez que descubro mi antigüedad en esto.

Ha conseguido lo que parecía imposible. Que ya se hable más de su voz, de su ductilidad, de su arte que de si está buena. Nada que verla Jurado estremecedora de los escenarios con esta Rocío doméstica, que se tiñe el pelo y emplea hasta cuatro horas en hacer su propia «toilette». De los pies a la cabeza —ay estos deos, caramba—, puesta a punto. Colabora, como siempre, su hermana Gloria. Ocupó el puesto de su madre en prodigarle cuidados. «Rosío no puede tomar pringá, porque no veas lo que engorda. Pero como le gusta tanto...», se excusa ante el exceso gastronómico.

Avergonzada de su delantera

—De las cosas de la casa no tengo ni idea. Admiro a esas mujeres que saben hacerlo to. Siempre le digo a Gloria: «Has de enseñarme a hacer este plato». Nunca tenemos tiempo. Lo único que hago bien es recoger la mesa. Me crispa ver los platos encima y me encanta ordenar las ollas. Yo no podría vivir sin mi familia. O sin los míos. La Familia me resulta imprescindible. Mira, en Chipiona, por verano, llegamos a reunimos hasta veinticinco viviendo bajo el mismo techo. Ellos me dan guerra y me dan vida. Ando siempre pendiente de tos, procurando que estén a gusto. Cuando voy por ahí, compro para todos —reconoce con ternura de clueca que ya no le permite ni respirar.

—No veas, no veas qué fatiguitas paso para encontrar ropa. Los bañadores, ni olerlos. Los que sientan bien de cadera no entran por arriba —dice en un puro arrebol. No puede evitarlo. Cada vez que surge el tema, colores. Debería estar habituada a su espléndida, envidiada y famosa delantera. Pero que si quieres arroz. Ahí está, y que Dios se la conserve muchos años para orgullo nacional. Resignada, con un ¡uf! de resignada aceptación, echa la vista atrás por miedo a su delantera:

—Lo que son las cosas: de chica sólo tenía ochenta y cinco centímetros de busto.

—¿Y ahora, Rocío, y ahora?

—Paso de los cien —confiesa cerrando los ojos como si quisiera evitarse el horror de lo que tiene delante.

—¿Creció a consecuencia de los trajines matrimoniales?

—Qué va, empezó a desarrollarse tras una enfermedad de garganta en la que me hincharon de cortisona.

—¿Te obsesiona, te acompleja o te resulta incómoda?

—Todavía está en los límites de la estética. Cuando la cosa —el pecho o lo que sea— lo precise, me haré operar. Lo que son las cosas de la vía; cuando empezaba en esto del arte, tenía que ponerme relleno para aparentar pecho. Ya sabes, armaduritas. A los quince años —a los quince de verdad, ¿eh?— era completamente plana. Puedo enseñar los vestidos. Hace poco, probándome, Pertegaz se escandalizó: «¿Pero qué te has hecho?», interrogó perplejo. Nada, la vía... A veces veo fotos de antes y digo: «¡Virgencita mía de Regla, cómo me he puesto!...».

«Moriré en el escenario»

—Píe, vida o corazón, ¿qué dejasen el escenario?

—El corazón un momento, pero cómo, es la vida. Pero no me duele. Sin duda moriré sobre un escenario, aunque sé que en esta profesión una no debe hacerse vieja.

—¿Entonces?

—Me parece humano morir en mi trabajo, en una cosa de tanto sentir.

—¿El arte mata?

—Mata, hace nacer y renacer.

—¿Has muerto más veces por el arte que en la vida?

—Sí, aunque en la vida ya he muerto muchas veces. La última, cuando se fue mi madre.

—¿Mueres de amor o de amar?

—Siempre por amor. Por cualquier forma de amor: por el amor de mi hija, el de los amigos, el que siento por las personas.

—¿Pedro qué te inspira: amor o cariño?

—Siempre amo a Pedro con cariño. Ya ves, el verano pasado estuvimos a punto de separamos. Yo andaba quejosa porque nunca me acompañaba. Volvía inquieta y reñíamos por cualquier tontería. Como soy incapaz de mantener situaciones ambiguas, puse las cartas boca arriba. «Tú y yo vamos atener unas palabritas», y se arregló el asunto. Para solucionar las cosas necesito palique. Soy como un psiquiatra —ironiza, mientras la sombra de esa tristeza ya superada aún vela sus ojos. Hay ternura en cuanto dice—. Soy como mi abuela Rocío, creo que las parejas están hechas para convivir. Recuerdo que cuando la trajimos a Madrid, le dijimos que durmiese en la habitación que teníamos mi madre y yo. Queríamos que se encontrase cómoda, sin compartir con el abuelo una camita individual. Se negó, aún la estoy viendo: «Yo me he casao para vivir con mi marío», fue su respuesta. Y se arreglaron sin separarse. Qué mujé...

«Pasó el tiempo del muñequismo»

Es una mujer vital y sensitiva. Cualquier cosa humedece su mirada. Un saludo, ese recuerdo, aquella nostalgia o cuando le dices cómo la admiras. O cuando deja ir la vista por esas 50 hectáreas de viñedo donde está el dinero de los últimos tiempos. También hay una finca de naranjos. Y el fino «Rocío Jurado», ya comercializado a nivel local. Pedro cuida el patrimonio.

—Me gusta comprar tierras. Las veo, las siento, me emocionan. La tierra de nuestras viñas es alvariza. Blanca, lo mejorcito para la uva moscatel —cuenta ufana y enterada, poniendo freno a una personalidad tan desbordada que sólo limita la emoción. Pero sabe distanciarse —y lo hace— para analizar su propio fenómeno.

—La gente ya no soporta a una guapa porque si. Pasó el tiempo del muñequismo. De chica ponía boquita de piñón para no descomponer el gesto. Ahora, ni lo pienso. El arte es como Dios: no se mide ni se ve. ¡Se siente...! —reflexiona, ahondando la voz. Momento trascendental. Palabras mayores—. Por eso el arte es divino, por eso permanece —insiste, trascendente, honda, dramática.

—El año que viene no haré galas, el verano próximo lo dedicaremos a tener otro hijo. No podemos continuar así. Mi niña siempre pregunta que cuándo le traeré un hermanito. Me mira, escéptica, cuando le digo «pronto, pronto». Ya no me cree. Vamos a tenerlo porque a Rociíto le hace falta.

—¿Qué te puede costar tener ese hijo? —inquiero, y me devuelve una mirada dolida, de hembra herida.

—¡Chiquillo, un hijo no cuesta...! Un hijo es un regalo de la Naturaleza. Si empiezas a medirlo con dinero ya no es un hijo —reconviene. Y la mirada, maternal, capaz, cálida, reposa en los suyos. Habla con ojos, subraya con palabras musitadas—: No sabría vivir sin ellos. Me dan amor, me dan tristezas... me dan vida.

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