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Historias de la copla

Rocío Jurado (y 2)

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29 de agosto de 1993/CARLOS HERRERA/Blanco y Negro

Surgidas de la inspiración de Manuel Alejandro, Rocío Jurado ha interpretado canciones de amor y desamor humanos muy al uso de los tiempos, desgarradas y rotundas.

Surgidas de la inspiración de Manuel Alejandro, Rocío Jurado ha interpretado canciones de amor y desamor humanos muy al uso de los tiempos, desgarradas y rotundas.

Dejábamos la pasada semana a Rocío después de rodar «Lola la Piconera» y tras el éxito de su espectáculo «Pasodoble», junto a Rosa Ferrer. Ya metidos de cabeza en los setenta, a la artista le pasó por el cuerpo la idea de ponerse algo más que la bata de cola. El son del país era más plural que en los años en los que la copla vivió su esplendor. Y no digamos en América que ya la tenía por una estrella. Así que comenzó la evolución que la trajo hasta los brazos de Manuel Alejandro. Antes pasó por la creación de Alberto Burbón que le compuso aquella copla tan difícil de cantar durante unos años en los que lo único que no se perdonaba era la apología de lo español: «Soy de España». La frontera, no obstante, estuvo en una deliciosa canción de Bazán y García Tejero que sigue sonando igual de fresca y melancólica: «Amor y marinero». Ciertamente es una copla irrepetible y bellísima, facturada en el 76, y cuyo éxito se debe en gran parte a los arreglos y confección musical del eminentísimo maestro Manuel Gas, que supo pasarla de su ritmo de tanguillo inicial a la cadencia marinera y nostálgica definitiva.

En ese mismo 76 rodó la correspondiente película con combinación, camisón y visón incluidos. Se tituló «La querida» y sólo sirvió para desengañar a Rocío de todo lo que el cine podía darle. Extrajo de ella una buena consecuencia: cantó la primera canción del que sería su mejor colaborador de esta segunda etapa, Manuel Alejandro. El de Jerez encontró una intérprete y la de Chipiona encontró un autor. Con «De ahora en adelante» comenzó una unión que ha dado buenos resultados comerciales y que ha proporcionado a Rocío las baladas que ella quería, canciones de amor y desamor humanos muy al uso de los tiempos. Son canciones, está claro, que ni por asomo gozan de la intensidad poética musical de las creadas en el seno de la copla; son simplemente baladas pegadizas pretendidamente humanas y, en algunos casos, pretendidamente definitorias de lo que es el amor, tan postizo todo él. Así grabó «Señora», probablemente su mayor éxito, «Como yo te amo», «Si amanece», «Mi amante amigo», «Como una ola», «Se nos rompió el amor», cuyo título lo dice todo, así como un par de discos compuestos por José Luis Perales y el dúo Herrero-Armenteros.

A lo largo de estos últimos años de espléndida madurez, Rocío ha demostrado ser la que mejor conoce el género, amén de la cancionera más larga y completa. La Jurado posee magníficas condiciones, léase gran voz y grandes matices, pero además de ello resulta ser una excelente conocedora de la copla y de su historia. Ha aprendido de las más grandes y se ha fijado en cientos de detalles de las demás. Sus preferencias están claras: Juana Reina y Lola Flores. De una el rigor, de otra el arrebato. Pero también sabe admirar pellizcos de otras compañeras de taller. Gracia Montes es para ella un embeleso, Marifé un torbellino y de la Piquer dice que cantaba muy bien.

Sus antologías de la Copla son capítulo aparte. Forma parte de lo mejor de su obra, y, casi, casi, de lo mejor de los últimos años. Grabó dos recopilaciones de coplas de siempre, la mayoría de Imperio, Juana y Concha, dejando claro cuál es la enjundia con la que hay que tratar obras cumbres como ésas. La producción corrió a cargo de Luis Sanz, todo un heraldo de la Copla sobre cuyo historial recaen varias satisfacciones, entre ellas muy buenos trabajos como éstos.

Discos de antología

El primer disco fue el pago de una deuda muy clara que se tenía con una afición que en ocasiones se parecía a las viejas resistencias de las guerras. Hacía falta un trabajo con calidad que pusiera las cosas en su sitio. Llegaron estas coplas de la mano del brillantísimo Gregorio García Segura que, en la línea de los mejores arreglistas (nunca podremos olvidar al gran diseñador de sonido de la copla que fue Indalecio Cisneros), puso la nota de diferencia y brillantez como en él es habitual. Rocío cantó «Los piconeros», «Triniá», «La niña de puerta oscura», y siete más.

Una segunda entrega llegó dos años después. En esta ocasión, el trabajo musical se lo realizó otro talento que por primera vez se acercaba a la copla: Ricardo Miralles. Volvió a ser un extraordinario disco. «Limón, limonero», «Me embrujaste» y «Y sin embargo te quiero», «Cría cuervos» quedaron envueltas por la prosa directa y clarividente de José Miguel Ullán, poeta en horas sueltas, que prologó el disco, como si de un texto de Maupassant se tratara. Dijo el salmantino: «Dilata ella cuando canta. Convierte en acueducto el Arco de Cuchilleros. Caben en su trinchera lo mismo militares que paisanos. Da esplendor a la hierba. Hace de una inocente nana la más loca declaración de amor. A la sombra de aquel limonero, apocalíptica será su pena. La nieve cambia en hoguera. De un barquito fabrica una escuadra invencible. Y el Juicio Universal esboza para castigar a un ladrón.»

Rafael de León

Una tercera joya, también producción de Luis Sanz y arreglos de García Segura, llegó con las canciones inéditas de Rafael de León a las que puso música un insuperable Juan Solano. Fue, posiblemente, el último gran trabajo de Juan, un trabajo de belleza desmedida. 1988 contempló revivir a Pastora Imperio en la voz de Rocío; supo quién era «La Yerbabuena», «La Clavela» y «La mujer del torero»; supo que las dos canciones de amor —éste un amor menos cursilón que otros, amor mucho más corajudo— más hermosas que en estos últimos años ha grabado la de Chipiona son: «Contigo» y «Compañero mío». Todos supimos ya lo que era un punto y aparte.

«Azabache», aquel espectáculo controvertido que produjo la Expo y que mal dirigió Gerardo Vera, dio medida de lo mucho que la Copla podía cautivar al público. Volvemos a llegar a la conclusión de que lo que gusta son las cosas bien hechas, sea copla, sea rock, sean sardanas. Allí estuvo Rocío acabando con todo. Se vio magníficamente acompañada por figuras de la categoría de Juana, Imperio, Nati y una joven y deliciosa María Vidal.

Su figura engrandece la copla y da al género exacta medida de sus posibilidades: desarma cualquier argumento en torno a la supuesta decadencia que ha de llevar a la Copla a un final agónico y solitario; pone en su sitio justo a cada una de las protagonistas de tanta historia de palacio y arrabal; catapulta, en suma, tanto pentagrama fascinante a las cimas de su mejor aprovechamiento. Era, sensatamente, quién debía cerrar este largo y fructífero periodo de entregas, ya que, de ese modo, además de mirar hacia atrás dejamos una puerta entreabierta a lo que aún queda por vivir. No sé, es obvio, cuál es el futuro del género, sé tan sólo que la Copla es uno de los argumentos culturales más concretos y populares de los que goza la historia inmediata a nuestro país.

Cuestión de cultura

He mantenido siempre que he podido y se me ha dado opción a ello, que conocer la copla no es una cuestión de afición musical ni de tendencia poética al catastrofismo. Es, sencillamente, una cuestión de cultura casi, casi, obligada: son muchos los sentires, las emociones, las complicidades, los desvelos del colectivo de españolitos que ha llorado y reído a su paso, como para que se pase su nombre de un vistazo. Conocer a Tomás de Antequera o las canciones de una sevillana llamada Juana Reina es conocimiento general de quiénes somos y cómo somos, de cómo se han escrito las historias de nuestras vidas, o de las vidas de nuestros mayores, generaciones hacedoras todas de un conjunto de décadas impagables en la inmediata historia de España.

En nombre de la Copla se han compuesto bellísimas melodías, se han escrito altísima poesía, se han rodado películas incomparables. También, es natural, se han perpetrado auténticos crímenes estéticos y conceptuales, normalmente cuando el género se ha limitado a sí mismo, pero díganme qué movimiento cultural no ha padecido el arrebato de los mediocres o de los arribistas, dígname si en nombre del impresionismo no han brotado miles de pazguatos, o si en nombre del modernismo no nos hemos tenido que tragar a auténticos majaderos y tolondros, o en el del ultraísmo o en el del cubismo. Saber separar lo esencial de lo accesorio es lo que hace de estilo de expresión algo absolutamente magnifico. Ésa y no otra ha sido la intención de estos largos diez meses de publicación en «Blanco y Negro», conocer vidas y obras de esos hombres y mujeres que durante tantos años se han metido en nuestra persistencia. La tónica general ha sido la falta de acritud y un reverencial respeto por el esfuerzo de cada una de ellos. Está claro que una obra así sólo podía ponerla en marcha una casa tolerante, amplia y respetuosa como ABC, una casa que supiera mirar los años inmediatos de nuestra cotidianeidad sin los complejos habituales de todos aquellos que han nacido para reinventar la historia o para deformar lo bondadoso que ha habido en el alma de sus protagonistas.

Como ya les señalé en su día, éste ha sido el relato incompleto (¿y qué relato no lo es?) de un género al que le falta el paréntesis de cierre. Querérselo poner será como querer que el campo tenga puertas y que por él no transcurra el viento fresco del pueblo, que del pueblo y no de otro es de donde surge todo lo que en nombre de la Copla se crea. Éste es, a Dios gracias, un género escrito de abajo a arriba y, por ello, gentes a lo mejor tan dispares como usted y como yo nos sentimos fascinados por él, por su vocación libertaria, por su contradicción panegírica, y por su intensidad tragicómica. Queda dicho lo antedicho y escrito lo que me debía, fundamentalmente, a mí mismo, testigo privilegiado del revivir de la Copla. Se lo debía a mis muchos años de aficionado y a mi cierto tiempo de mentor, a los años en los que mis mayores cantaban aquellas canciones que escuchaban en la vieja radio de cretona o en los sofocantes patios de vecindad, a los años en los que aprendí, a fuerza de escucharlas, las coplas, que también, en cierta medida, me han hecho como soy. Ahora, con el tiempo, aquel que San Agustín no sabía definir, si que cuando canté mi primera copla no estaba sólo tarareando una canción, sino que me estaba tragando sin notarlo, un trozo de ese mito impalpable que llamamos España.

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