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Rocío Jurado y Pedro Carrasco: Amor al primer asalto

Empezamos esta semana una serie muy especial sobre ese tema, tan de moda hoy, como la pareja. Nuestras parejas son matrimonios que intentan serlo «hasta que la muerte nos separe». Iniciamos la serie con Rocío Jurado y Pedro Carrasco, dos famosos que sorprendieron con su boda un buen día y que, como cuentan a «Los Domingos de ABC», han desafiado desde entonces los comentarios desconfiados de muchos y los problemas de la rutina cotidiana.

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13 de enero de 1985/E. REUSS/Los Domingos de ABC

Rocío Jurado es mujer de temperamento y también de buen humor.

Con estos versos de una compositora brasileña, que se escuchan desde dentro del escenario antes de aparecer ante el público, comienza el nuevo «show», el nuevo espectáculo con el que Rocío Jurado emprende —una vez más— una gira por Estados Unidos y Sudamérica para demostrar —también una vez más— que sigue siendo la reina de la canción española, que nadie ha conseguido desbancarla aún. Sentados en una mesa camilla, Rocío y Pedro toman el típico aperitivo andaluz: un «fino», marca «Rocío Jurado», que unas bodegas de Chipiona han embotellado en su honor, unas aceitunas y una «tapita» de jamón. Ella contempla el día, lluvioso; tararea a Pedro una de sus últimas canciones y se echa las manos a la cabeza pensando en todo lo que se le viene encima unos días antes de partir de gira. Ensayos, vestuario, entrevistas, fotografías.

«Y lo peor, como siempre, dejar a Pedro y a mi niña, aunque esta vez sea por poco tiempo. Soy tan madraza que cuando llevo un mes sin ver a mi hija empiezo a deprimirme y por las noches me quedo dormida abrazada a una foto suya. Al final, tiene que traerla Pedro aunque sólo sea un fin de semana porque lo paso fatal y sé que está en una edad en que le hago mucha falta.»

«Mi marido es yo misma»

Como tantas otras parejas famosas dentro del mundillo del espectáculo, Rocío Jurado y Pedro Carrasco están más que acostumbrados a que la Prensa del corazón les atribuya divorcios, separaciones, idilios y frases que no recuerdan haber pronunciado jamás. A veces se han sentido muy dolidos «porque han llegado a decir auténticas barbaridades, pero llega un momento que "pasas" porque sabes que los que de verdad te quieren saben cual es la verdad. Pedro y yo llevamos nueve años casados, de felicidad y creo que he escogido muy bien. La clave, para mí, está en la importancia que los dos damos al respeto personal y profesional. Jamás él ha interferido en mi profesión, a pesar de que a veces hemos estado meses viéndonos sólo en aeropuertos y hoteles, pero hemos sabido compaginarlo. Para mi, mi marido es todo: mi cara, mi frente, mi familia y yo misma».

Desde la cocina anuncian que llega el cocido. Pedro se declara muerto de hambre y Rocío, entre cucharada y cucharada de sopa, cuenta gesticulante y con un sentido del humor muy andaluz, recuerda cómo se conocieron.

«Yo tenía una gala en Punta Umbría y Pedro estaba entre el público. Pedí un aplauso para él y ya me gustó entonces su carita de niño bueno. Le di un beso "ya con muchas ganas" y esa noche canté con más ilusión. Un tiempo después, en un festival organizado por Radio Madrid en el que él toreaba, me brindó el toro y me dijo: "Si te hacen más guapa te estropean". Yo ya noté un gusanillo y, al salir, la gente empezó a rodearme hasta cercarme contra la barrera. Entre tanto gentío, algo se me clavó en la cadera y me desmayé. Cuando desperté estaba en los brazos de Pedro, que me abanicaba con un "ABC". Le invité a tomar café a casa y allí comenzó la historia. Recuerdo que era como un noviazgo de chiquillos: bromitas, miraditas y yo "coladísima", cada vez que él se me acercaba notaba como si tuviera un ascensor por dentro que no paraba de subir y bajar. Un día nos pillaron los periodistas en las barcas de la Casa de Campo y ya fuimos portada de todas las revistas.»

Rocío no puede evitar la risa al recordar el mare mágnum que fue su boda. Doce mil personas en la ceremonia y tres mil en el guateque. «Un escándalo mi "arma", un escándalo.»

Cuando le preguntamos si toda esa ilusión, la emoción del principio sigue en pie, Pedro se lo toma muy en serio y se apresura a contestar.

«Personalmente, siento lo mismo que cuando nos casamos, pero con mucha más intensidad. Ese ascensor del que hablaba Rocío sube y baja más despacio, pero hace mejor el trayecto.»

Ella le contesta con un «olé, mi niño» y recuerda cómo en su casa sus padres y sus abuelos fueron parejas unidísimas. «Era una convivencia bonita, un saber abrir la mano en su momento y cuidar lo que de verdad importa. Yo he mamado eso y he aprendido que a la pareja, hay que cultivarla.»

Orgullosa de Andalucía

Últimamente, ciertos sectores han criticado a Rocío Jurado por haber abandonado bastante la canción española, el flamenco, y dedicarse más a la melodía moderna.

«Eso no es cierto. Yo nunca dejaré la canción española ni el flamenco, que son mis principios, y me siento orgullosa de ellos, de mi Andalucía, de su música, a la que adoro profundamente. Pero actualmente, lo que se vende es la "canción balada internacional" —como yo la llamo— y gracias a ella soy máxima vendedora en Estados Unidos y he conseguido llevar el flamenco fuera de España. En Nueva York —por ejemplo— me han otorgado premios ACE a la mejor cantante española, a la mejor "folklórica", a la más internacional...»

«Yo me considero una actriz y creo que sé adaptarme a todos los papeles. Cada tema es una pequeña comedia que tiene su sitio y su momento y yo me siento igual de bien cantando un fandango o una ranchera.»

La Jurado se levanta y saca fotos antiguas de su escritorio. Decenas de peinados diferentes, de trajes de volantes, de escenarios de todo el mundo, de caras famosas. Con gesto grave, declara que se siente hondamente preocupada por el problema de los nuevos valores dentro de la canción española.

«Creo que sí hay figuras, pero los que salen no encuentran apoyo ni de las casas discográficas ni de los medios de comunicación. Es un arte difícil y en el que hay que destacar mucho. España es una cantera de artistas en cualquier campo en que se lo proponga, pero falta apoyo y gente que crea en ella. Los que hemos llegado a algo es porque somos auténticos caballos de batalla y eso no puede ser. Yo tuve que patearme varias veces toda España para que se me conociera.»

«El futuro de mi hija»

Las paredes del chalé están repletas de cuadros, dibujos, premios y fotos: Rocío de gitana, con peineta y mantilla; de fallera, en traje de novia, en los estudios de grabación. En muchas, a su lado, su hija de siete años, con el mismo nombre que ella, a la que llaman «Ro».

Pedro confiesa que su hija le parece divina e insiste —a pesar de que Rocío lo niega— en que físicamente es igual que él. «Aunque tengo que reconocer que tiene el mismo carácter y sentimientos que su madre porque es feliz con todo y le encanta bailar y disfrazarse.»

«Yo preferiría —dice su madre— que no eligiera esta profesión, es muy sacrificada y yo he tenido que renunciar a muchas cosas. Lo he hecho todo por vocación y porque creo que tiene sus compensaciones y es una vida bella y magnífica.»

«El poco tiempo libre que nos queda lo aprovechamos para estar con ella, para atender la casa, ordenar armarios. Apenas vamos a Madrid porque nos gusta vivir en el campo y recibir aquí a nuestras amistades. Cuando me hice famosa, recuerdo que mis amigos de siempre me saludaban muy tímidamente, apenas se acercaban. Un día me enfadé y les dije que yo seguía siendo la misma, que tenía la misma piel, aunque un poco gastadilla. Y es cierto porque yo no he cambiado de forma de ser y me encanta ir a Chipiona y hacer guateques con mi primera pandilla o reuniones sólo de mujeres.»

Proyectos

Hace ya muchos años que Pedro Carrasco abandonó el boxeo. «Menos mal, porque Rocío odia ese deporte y no sé si se hubiera casado conmigo siendo boxeador.» Actualmente, apenas dispone de tiempo libre porque tiene un bingo, trabaja con la Philip Morris y se ocupa de la bodega que tienen en Chipiona, pero sigue manteniendo la ilusión de tener un hijo. Rocío le mira de reojo y protesta.

«El sabe muy bien que este año quería quedarme embarazada, pero tengo que viajar mucho y cada vez que grabo un disco tengo que estar un año promocionándolo. Las artistas no tenemos más remedio que programar hasta los hijos.»

«Ahora estaré un mes en Sudamérica y he sido elegida para pronunciar en febrero próximo el pregón de los carnavales de Cádiz. Me ha hecho muchísima ilusión porque es la primera vez que escogen a una mujer.»

Alguien avisa a Rocío de que unos fotógrafos le esperan. Ella termina diciendo que su mayor ambición para el futuro es —ante todo— seguir teniendo salud, trabajo y poder continuar haciendo lo que le gusta.

Pedro se conforma con estar sano porque «sin salud no se tiene nada».

Decenas de maletas serán necesarias para que quepan los cientos de trajes y accesorios de todas las formas y colores que se agolpan por las habitaciones. El peluquero pone el grito en el cielo porque no encuentra la laca, los fotógrafos se impacientan, el teléfono no para de sonar y Rocío, despreocupada, comprueba que no ha parado de llover y tararea... «Como una ola...»

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