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Rocío Jurado

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24 de junio de 1971/SANTIAGO CASTELO/ABC

Rocío Jurado... Se dice el nombre y un sabor a menta recorre palmo a palmo el esqueleto. Rocío Jurado, la niña de Chipiona, sigue subiendo en busca de las estrellas del arte, mientras la noche andaluza deja caer sobre la mata endrina de su pelo los mejores aguafuertes de su tristeza. Rocío Jurado va, copla a copla, drama a drama, con la pena redonda entre los ojos y la alegría de un tanguillo gaditano entre los labios. Rocío Jurado se mueve, española de ayer, de hoy y de siempre, como un romance loco que idearan Serafín y Joaquín Álvarez Quintero después de haber recorrido las cruces sevillanas, en esos mayos que sólo Sevilla conoce y que saben pregonarlos, como nadie, los claveles y los jazmines.

Rocío Jurado nació un 18 de septiembre de padre zapatero y casa humilde. Enamorada del cante desde niña, el duende de la voz fue prendiendo de su garganta, y en tanto aprendía las primeras letras y oraciones en el colegio de la Divina Pastora, «afinaba su oído» para cantar en las misas y en las novenas...

La historia es sencilla. Es de esas historias que pasan en muchos pueblos de España, y que, de tarde en tarde, se hacen realidad y adquieren auge, casi sin pretenderlo.

Rocío disfruta haciendo teatro en el patio de su casa. Con lo recaudado —la vez que más, catorce pesetas— hacen dos partes: una, para limosna a la Virgen de Regla, y otra, para comprar papeles de seda coloreados y hacerse vestidos para la función siguiente... Un patio gaditano con una ventana por donde mira, de cuando en cuando, un zapatero el salero de su hija... ¡Qué escena para los costumbristas! ¡Qué color de esta España que si alguno, remedando a don Antonio Machado, quiere llamar de «charanga y pandereta», no sabe que está calada en la esencia misma del pueblo, como la hubiese soñado Juan de Mairena o Abel Martín!...

A los doce años de Rocío, muere el padre. Se acaban los estudios. Y Rocío empieza a aferrarse a la idea del cante. Dos años después va a Sevilla y se presenta en un concurso de radio. Sí, no hay por qué asustarse: toda la España local, pintoresca y colorista, de alegría y de pena, como la vida, se realza alrededor de esta muchacha que gana su primer premio cantando y le dan cincuenta duros, unas medias y una caja de gaseosas... ¿Qué ironías, verdad? Pero en Rocío hay un duende agareno: un duende que le modula la voz por seguidillas y le llena el enramado del cuerpo de la «ilusión de ser artista».

Quince años. En su casa aún se niegan. Ser artista en un pueblo no está bien visto. Y Rocío continúa siendo la niña que canta bien, sin más pena ni más gloria. Asiste, en medio de las pequeñas cosas llenas de religiosidad que embargan a la cal y a las almas de los pueblos andaluces, a unos ejercicios espirituales y al final de los mismos se celebra un «fin de fiesta». ¡Hermoso pueblo éste, que sabe unir la penitencia al cante, enhebrando un Avemaría con un tiento o una petenera! Rocío Jurado canta y un abogado que la oye, la anima a que se vaya a Madrid. De nuevo la oposición de su familia. Hay un marco en todo este cuadro que parece descrito por Estébanez o dibujado por Díaz Huertas: la niña que se declara en huelga de hambre y se escapa de noche de la cama para bajar, sigilosa, a la alacena y comer un poquito... El abuelo que le da el dinero de sus ahorros para que «vaya a Madrid y se desengañe»... El patio, en sombras, encalado de geranios y claveles soñolientos.

Llega Rocío a Madrid. Coge un catarro y con una fiebre altísima —su madre junto a ella— delira y vibra su arte en un cuarto de pensión. Por medio de un paisano suyo, Manolo, el de la «Huerta», conoce a una señora que le presenta a Gitanillo de Triana. Y allá van y vienen la madre y la hija, como en una película de Lazaga. Por fin, con Gitanillo y Pastora Imperio, sus primeros fandangos y granaínas logran deshacer el aire. Ganaba trescientas pesetas diarias. La abuela, desde el pueblo, tenía que mandar dinero para que siguiesen adelante.

Afortunadamente, en seguida le salió un contrato y actúa en «Los guerrilleros» con Manolo Escobar. Rodando esta película en Arcos de la Frontera, se presenta al concurso nacional de arte flamenco. Su modalidad: alegrías y fandangos de Huelva. Y se lleva el primer premio.

A partir de ahora, Rocío Jurado empezará a brillar con luz de lucero claro. Hace un espectáculo folclórico —mucho nervio y mucha palma— con Manolo Escobar en el teatro Calderón. Y los discos empiezan a reflejar su voz.

En 1967 fue elegida «Lady España». En el 68, «Lady Europa». Viaja seis veces a América y en la Argentina, en medio de un gran éxito, doña Lola Membrives la ve complacida por televisión. El triunfo se repite en México.

Vuelve a España y monta con Celia Gámez «Fiesta». Celia es la veteranía llena de gloria, Rocío la pasión cuajada de esperanzas. Interpreta «Proceso a una «estrella»», dirigida por Salvia, y «Una chica casi decente», con Germán Lorente. Y alternando los sones de «Miedo» o «Mi amigo», popularísimas creaciones de Rafael de León, se incorpora al Lara para hacer el papel de «Cancionera». Con esta obra de los Quintero, Rocío Jurado ha llegado al monte de su solidificación como actriz. Rocío se ha trocado, por no sabemos qué extrañas artes, en la verdadera Cancionera quinteriana. Una Cancionera que ríe y que llora, que canta y que suspira, una hembra que sabe encenderse como las fogatas sanjuaneras y apagarse entre lágrimas como cualquier Virgen de los Dolores de cualquier pueblo de España.

Es una lástima que desaprovechemos estos talentos. Hemos centrado a Rocío en una tonadillera trágica y ahora son los Quintero quienes nos la descubren como actriz... Ella es la Cancionera viva que ha traído el recuerdo de otras Cancioneras, Malvalocas, Pepitas Reyes, Consolaciones... Recuerdo de una España que se hizo ayer, y se hace hoy, medio en broma, medio en veras, pero siempre con el corazón en la mano. En octubre, Rocío Jurado encarnará a la «Bella Otero». Después volverá a América. Tal vez haga la «Carmen», de Merimée.

Por lo pronto, ha empezado a surgir en la escena española una mujer de sangre. Una mujer a la que desde el cielo sonreirán con orgullo Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, y, junto a ellos, le deseará el mejor de los triunfos aquella otra Cancionera —doña Lola Membrives— con ramillete de hierbabuena y canción de cuna al viento...

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