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España ya tiene su Lady

En Cortina d'Ampezzo competirá con las representantes de toda Europa

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1 de junio de 1967/JOSEFINA FIGUERAS/ama

En Cortina d'Ampezzo competirá con las representantes de toda España.

En Cortina d'Ampezzo competirá con las representantes de toda España.

Tenía que ser así. «Lady España» es una belleza muy española. Los votos de nuestras lectoras han inclinado la balanza a favor de esta muchacha de ojos inmensos —¿cómo podrá tener Rocío unos ojos tan grandes?—, misteriosamente negros que cuando están serios recuerdan la sobria belleza de su ascendencia moruna y cuando ríen —como si se encendieran mil luces en la noche— nos hablan de la alegría espontánea de una muchacha sencilla nacida en Chipiona que vino un día a Madrid a tocar el triunfo con las manos.

Hoy Rocío, mientras Durán hace maravillas con su pelo para que el peinado esté a la altura de las circunstancias, nos habla de aquellos recuerdos lejanos... Nació en una casa grande de Chipiona con unas ventanas abiertas al mar azul y la brisa marinera impregnando el jardín. Cuando era pequeña iba al colegio de la Divina Pastora, y allí, con su «baby» de alumna de primera enseñanza, ya demostraba unas cualidades espléndidas para su adición favorita: cantar. Las tonadillas de la Piquer eran sus favoritas. En las fiestas del pueblo, en las funciones benéficas, en las bodas y en los bautizos la petición era siempre la misma: —¡Que cante la niña!

Y Rocío, sin hacerse rogar, ponía el alma en sus tonadillas. Sobre todo en aquella llamada «Nos conocimos de niños», que cantó con su traje rosa de pasacintas azules, ante el aplauso fervoroso de todos sus paisanos.

—¿Cómo fue tu triunfo en Madrid, Rocío?

—Al principio lo pasé muy mal. Estuve hospedada en casa de unos amigos de Chipiona que viven aquí. Pero era difícil encontrar trabajo. Al cabo de tres meses logré entrar en «El Duende», formando parte del cuadro flamenco de Gitanillo de Triana. Tenía que estar jaleando y batiendo palmas sentada en una silla, cada noche, durante tres horas. Me pagaban 300 pesetas.

—¿Te gustaba el flamenco puro?

—Esto en principio no era lo mío. Yo cantaba canciones, tonadillas. Pero como el contrato vino por ahí me compré diez discos de flamenco, y mientras estaba en casa los escuchaba constantemente. El flamenco logró entusiasmarme casi tanto como las tonadillas.

Rocío se aprendió unas alegrías, unos fandangos de Huelva. Actuó en El Duende como solista. El público empezó a aplaudir su voz, que ponía en los fandangos unos acentos insospechados y puros. En el año 62 ganó el primer premio del cante flamenco de Jerez. Aquella noche, la niña casi desconocida todavía en el mundo del arte, que se presentaba un poco asustada con el corazón brincándole dentro de su trajecito rojo con volantes blancos, desbancó con su voz a muchas figuras del flamenco ya consagradas.

Pronto recorrió Rocío los mejores «tablaos» de España. Aprendió los secretos del cante flamenco de labios de un viejecito que trabajaba en unas bodegas de Jerez. Ella cantó los fandangos auténticos, con cinco versos, y no con seis, como acostumbraba a hacer todo el mundo.

Después del canto, el cine. «En Andalucía nació el amor», «Los guerrilleros», «Proceso a una estrella», la convirtieron en una actriz, que era ante todo cantante. Con el éxito vinieron más trofeos. El año 66 ganó «La flama de honor» a la mejor actuación en las Fallas de Valencia, y el título de «la andaluza más popular del año».

—Rocío, ¿cuál ha sido el momento más emocionante de tu carrera?

—Quizá el día que actué por primera vez en una gala de Cádiz como primera figura. Sentí una emoción especial al actuar en plan profesional ante mis paisanos. Todo el público, puesto en pie, me aplaudió con tanto cariño, que sentí como si el corazón me fuera a estallar. Ya ves: dicen que nadie es profeta en su tierra, pero el refrán no va conmigo.

Durán, el peluquero, termina de colocar sobre el pelo negro de Rocío un postizo monumental. Es el peinado que llevará nuestra simpática lady en la final de Cortina d’Ampezzo.

—¿Has actuado alguna vez ante el público italiano?

—Sí. Trabajé en la RAI, representando a España en cuatro emisiones semanales consecutivas dedicadas a un poeta de cada país. Yo interpreté versos y canciones de García Lorca.

—¿Cuáles son tus proyectos inmediatos?

—De momento, en verano, hacer varias galas en distintos puntos de España. En septiembre me presentaré como primera figura de un espectáculo en el teatro de la Zarzuela. Más adelante marcharé a América para actuar en Caracas, en el «show» mejicano «Morenas de categoría».

La trenza de Rocío cae hasta la cintura. El pelo negro destaca sobre las lentejuelas doradas del traje de noche. Lady España, morena, profunda y sonriente, hará honor internacional a la mujer española.

Como informamos en nuestro número anterior, el pasado día 25 quedó cerrado el plazo de admisión de votos para la elección de «Lady España 67».

Ha resultado ganadora, con 10.151 votos, Rocío Jurado.

El jurado, una vez revisados y comprobados los cupones, ha confirmado la elección hecha por las lectoras de toda España.

Rocío Jurado, «Lady España 67», representará a nuestro país en la gran final del próximo 20 de agosto en Cortina d’Ampezzo, en cuya gala se designará a «Lady Europa 67».

Lady España, por dentro

Estamos en el piso madrileño de Rocío Jurado. Allí viven también sus abuelos, sus dos hermanos y su madre, que la acompaña en todos sus viajes. Así, al natural, con el pelo negro cayéndole libremente sobre los hombros y el rostro apenas maquillado, Rocío es una chica sencilla, agradable, que habla con el corazón en la mano, salpicando sus frases con expresiones muy andaluzas.

—A nuestras lectoras les gustará saber cómo es por dentro Lady España 1967. ¿Cómo definirías tu carácter?

—Creo que soy franca, alegre, temperamental y... con bastante mal genio.

—¿Cuáles son tus principales aficiones?

—Lo que más me gusta es nadar y montar a caballo. También leer.

—Dime el título del último libro que has leído.

—Una selección de obras de teatro de Tolstoi.

—¿Te gusta mucho el teatro?

—Sí, como espectadora, y también me gustaría como actriz. Pero nunca he tenido tiempo para estudiar en una escuela de arte dramático.

Y Rocío mueve sus manos largas y finas, que hablan y ríen por sí solas...

—¿Te gustan las cosas de la casa?

—Sí; todas, menos guisar.

—¿Vas mucho al cine?

—Bastante.

—¿Qué película has visto últimamente que te haya impresionado mucho?

—«¿Quién teme a Virginia Wolf?» Es una interpretación maravillosa.

—¿Qué clase de vestidos te gustan?

—Siento una especial debilidad por los trajes largos.

—¿Cuáles son tus colores favoritos?

—El rojo, el rosa, el turquesa y el blanco. El marrón no me gusta nada. Es un color triste, no me va.

—Rocío, ¿es cierto que te pones muy nerviosa cuando tienes que actuar?

—Un poquillo nerviosa por mi sentido de responsabilidad ante el público, aunque me siento segura, y cuando empiezo a cantar se acaban los nervios.

—Se dice que tienes un novio valenciano...

—Sí. Nos hicimos novios el año pasado. Es un chico muy bueno y pienso ser muy feliz con él.

—¿Habrá pronto boda?

Rocío junta otra vez sus manos —manos finas extrañamente ágiles— con gesto rápido.

—Todavía no. Tiene que pasar algún tiempo.

El pick-up se arranca por fandangos de Huelva. Ahora hay dos Rocíos ante nosotros. Una que canta con el nervio de su temperamento apasionado y la otra Rocío que sigue siendo la sencilla muchacha de Chipiona, que vino a tocar el triunfo con sus manos sin más secretos que su arte y un par de ojos negros, árabes, profundos, serenos, melancólicos. Pronto Rocío llevará con su flamante título de Lady Europa a los cuatro vientos la gracia y el señorío de la mujer española.

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