Cuentan —yo no me lo creo— que una vez hubo una corrida de toros en mi pueblo, que es una aldea chiquitica y hermosa de Lugo. Cuentan también —y tampoco me lo creo— que había un torero de Chipiona. Llegó a mi pueblo el torero.
«Ozú, ¡qué lejos queda esto!», le dijo al guardia. Le miró el guardia, que era muy suyo, le miró de arriba a abajo, y replicó: «Non, señor. Lo que queda lejos es Chipiona».
Desde esa distancia que Dios puso entre ambos, yo te saludo esta noche grande, Rocío. Subo aquí, a este estrado o escenario, temblorosa mi voz y temblorosa mi mano, con una grandiosa impunidad: soy probablemente el único español, el único, Rocío, que no te ha visto personalmente en su vida. Tú eres para mí —¿cómo te diría?— la muchacha de un sueño. Te he conocido, como se conoce a los amores lejanos e imposibles, por las fotos. Amor de autobús, en la revista de tinta todavía caliente que te retrata, y ensalza y te acerca, señora de la voz. Amor de sala de espera, en las revistas marchitas del oculista.
El oculista te pone allí, estoy seguro, para que nos ceguemos con tu imagen, o para que tu imagen nos devuelva la vista a los miopes. Y amor, al final, de compañía. Que erotizas al solitario, cuando le pides que te cubra. Que aprietas al acompañado cuando llegas a su conciencia al decirle: «Lo siento, mi amor, hace tiempo que no siente nada al hacerlo contigo.»
Y así, Rocío, cualquiera. De esa especie de divinidad que tú eres, unida a la divinidad que buscas, de ese halo casi divino de tu voz —la mejor voz de España, señora— ha salido ese volcán llamado Rocío Jurado. Y nadie como ese volcán, después de la leyenda de doña Concha Piquer, ha conseguido reunir y emocionar a tantas personas, entre las que se cuenta este gallego distante y descreído, que no te ha visto de cerca, Rocío, pero le has tocado el alma. Porque ante ti y tu retrato se desmoronaron las murallas de las clases sociales. Porque Rocío Jurado ha aprendido a cantar algo sublime y simple: la historia profunda y tantas veces oculta de los sentimientos.
Y lo has hecho, Rocío; lo haces Rocío —déjame que ponga uno tras otro todos los tópicos—, desde lo temperamental, desde lo hermosamente visceral, desde el afán de romper, haciendo, gaditana, tirabuzones de las bombas de acusación comercial que te tiran los fanfarrones.
Rocío Jurado, reina y señora. Yo no entiendo nada de música, pero creo que cuando el español te aplaude, es que ha descubierto en ti —yo qué sé— a veces un reflejo. A veces, un sentimiento. A veces, una española de calendario que el camionero lleva pegada en la cabina del camión y el peluquero de pueblo tiene pegada en su pared. Pero, sobre todo, un arte. Una voz. Una voz que, si estuviera en América, sería Barbra Streisand. Y como está en España, es, ni más ni menos, Rocío Jurado. Paloma brava. Conciencia nuestra. Y, sobre todo, artista. La artista que ha dejado se ser un cuerpo para ser una voz. Tu cuerpo, ese cuerpo que dejaste someter a referéndum para ver si había que recortar su anatomía, es un sueño. Tu voz es un patrimonio de todos.
Ahora, Rocío, dicen que éste va a ser tu gran disco. Todos tus discos han sido, uno tras otro, tu gran obra. Este periodista, distante y frío, tembloroso y seco de voz, se dispone a descubrirlo. Pero no puedo evitar la nostalgia. La nostalgia de cuando me decías al oído lejano, con tu música y tu desafío: «Me tienes que atender como Dios manda, porque hay mucha mujer en este cuerpo.» Te replico, lozana andaluza: «Te tenemos que atender como Dios manda, porque cada día hay más voz, y más arte en ese cuerpo.»
Fernando ONEGA